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sábado, 4 de febrero de 2012

Sí, tengo CÁNCER, ¿qué pasa?


Hoy es el día del cáncer, o algo así. Hay días específicos, además, para el día de la leucemia, el del linfoma...En fin, variedad para todos los gustos. El mensaje más recurrente el día de hoy, como no podía ser de otra manera: prevención. Desde todas las instancias públicas y privadas se nos dice que la prevención es fundamental para curar la plaga del siglo XX (y XXI) y bla, bla, bla. Imagino que con la palabra prevención se refieren a que si nos encontramos mal, o nos detectamos un bultito, pues que acudamos a un centro médico. ¡Bum!
Para que no nos perdamos, si os parece, os cuento mi caso (y el de mi madre), ambos con cáncer. Uno vive y otro muere de cáncer. Sacad conclusiones libremente (el que quiera, que me las diga).

En octubre de 2003 tuve, durante unos días, fiebre alta (casi 40). Se me pasó pronto pero a las dos semanas tuve una recaída “gorda”, con fiebre y con problemas para respirar. Fui al hospital La Paz y me dijeron “no te preocupes, es sólo una neumonía”, vistas las placas que me hicieron.
El caso es que estuve con antibiótico y poco más y, cuando fui a las dos semanas, otro médico me dijo que estaba bien, y me dio el alta.
A los 3 días de dejar de tomar las medicinas caí de nuevo; peor que la vez anterior. Literalmente, me asfixiaba por las noches (no podía respirar y tenía que dormir –cuando podía- completamente incorporado; sí, como lo estás leyendo). Fui de nuevo al médico y me dio cita con el neumólogo: el 21 de noviembre. Esta fecha no se me va a olvidar en la vida, y vosotros sabréis más adelante por qué. Eso sí, me dijo que si me encontraba peor, que fuera a Urgencias. Yo pensaba que ya no podía ir peor, teniendo en cuenta que yo era un chaval con 29 años, deportista, y veía como una maratón imposible cruzar los 4 carriles del Paseo de la Castellana, teniéndome que sentar cada 100 metros.
Una mañana llamé a un familiar, un funcionario en un Hospital en el Sur de Madrid. Él ya sabía que estaba pocho y simplemente le dije que me encontraba muy mal y que apenas podía respirar. En una mañana me hizo –además de las consabidas placas- una espirometría, una analítica de sangre, me pidió un TAC (un escáner), y también una eco abdominal para el día siguiente.
En esa eco observaron una masa, de momento no muy grande, entre el corazón y el esternón. Al día siguiente en el TAC delimitaron la “mancha”: 6 x 8 centímetros. Otro día después se dispusieron a hacerme una biopsia, que me tuvieron que repetir dos días más tarde por extraer tejido necrosado. Recibieron la analítica y vieron que los marcadores tumorales estaban disparados. En menos de una semana, el tumor había pasado de medir 6 x 8 centímetros a 14 x 18 centímetros; en una zona sin espacio, rodeada de órganos vitales. El 15 de noviembre me abrieron y sacaron un trozo más contundente para analizarlo: Linfoma no Hodking de células grandes (uno de las posibles variantes del tumor), en definitiva un cáncer de la sangre, parecido a la leucemia.
Después de llorar como una magdalena, y ver las pocas opciones, el 21 de noviembre me pusieron mi primer ciclo de quimioterapia. Recordáis, el mismo día que tenía que ir a ver a mi médico “si me ponía peor”.
La moraleja es que si mi conocido, en lugar de ser médico, hubiera sido, cualquier otra profesión, este post jamás sería escrito. Se me hicieron todas las pruebas en un tiempo record. Dos semanas pasaron desde que me hicieron la primera prueba hasta que me dieron el primer “chute”.

Y ahora, la finada.
Mi madre, justo cuando  yo ya había terminado la radioterapia, me tiré cerca de 7 meses entre tratamientos de quimio y radio, la detectaron un bultito en el pecho izquierdo. La dijeron que no era preocupante, que era benigno y que "no tenía porqué preocuparse". Menos mal, porque poco más de un año, ese bultito la llevó a la tumba. Eso sí, en la Paz, que fue el hospital donde la trataron, dilataron hasta el infinito y más allá todas las pruebas que a mí me hicieron en 15 días. Para conseguir que a mi madre la hicieran un PET (un TAC pero con una fiabilidad del 99,9% tanto en la ubicación del tumor como en su grado de “malignidad”), mi padre tuvo que ir suplicando al hospital que nos dejaran llevar a mi madre a un centro privado para hacérselo; costaba 3.000 euros la prueba en la clínica López Ibor…Esa misma tarde se lo hicieron. La solución había sido ir llorando. Pero ya era tarde, la metástasis la estaba comiendo todo su cuerpo.

De modo que lo de prevención esta muy bien. Y lo de tener un buen padrino, también. Suerte a todos los que ahora están con sus ciclos citostáticos. Jamás me olvido de vosotros. Os deseo suerte, suerte y mucha suerte, porque la prevención por nuestra parte –solamente- no vale de nada si no se activan con rapidez todos los mecanismos de actuación posteriores.